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Conmemoración de los 110 años de fundación de la Congregación de las Hermanas
Misioneras de San Carlos Borromeo – Scabrinianas

Una invitación a hacer memoria y ser profecía*
 

Ir. Analita Candaten, mscs

  La fecha 25 de octubre de este año, tiene un significado especial, pues la conmemoramos juntamente con los 100 años de la muerte de nuestro fundador Juan Bautista Scalabrini y el encerramiento del año Eucarístico. Sabemos cuánto Scalabrini amaba la Eucaristía, devoción que el Papa Juan Pablo II recordó en la homilía de su beatificación: “ Scalabrini era profundamente enamorado de Dios y extraordinariamente devoto de la Eucaristía”. De esta relación profunda con el Señor nacía la confianza y el optimismo de Scalabrini, que lo llevaban a preocuparse de cada situación y le daba la certeza de que la historia es guiada por Dios. En una época de profundos cambios económico-sociales y políticas, que ocasionaron las grandes migraciones europeas para las Américas, Scalabrini emprendió una acción pastoral específica, comprometiéndose personalmente y reuniendo colaboradores y continuadores de su obra, de la cual hace parte la Congregación de las Hermanas MSCS. Los primeros tiempos de la Congregación fueron de sucesivas dificultades y, al mismo tiempo, fue un período rico de frutos de santidad y de afirmación de la identidad de la congregación, gracias a la fidelidad carismática de la co-fundadora Madre Asunta Marchetti. Hoy, en el contexto de la globalización, proceso de una difusa integración e interdependencia en la vida de los diferentes pueblos de la tierra, aumenta cada vez más el movimiento de los trabajadores y, por otro lado, las políticas migratorias restrictivas en los países de destino impiden un desarrollo ordenado y digno, tornando vulnerable las condiciones de millones de inmigrantes. El nuevo contexto histórico está marcado por un intenso entrelazar de migraciones, donde se ve la presencia de las mil facetas del otro: otros pueblos, otras etnias, otras culturas, otras lenguas, otras religiones.
En esta realidad se encarna el carisma scalabriniano, lo cual necesita de una constante re-creación.
Eso significa volver a las fuentes y a los fundamentos de los orígenes de nuestra misión, bebiendo el agua cristalina en el espíritu del fundador y co-fundadores. Reinterpretar el espíritu de Scalabrini ante los desafíos de las controvertidas migraciones, nos lleva en dirección a las nuevas fronteras que nos interpelan. La tradición y la profecía constituyen las dos dimensiones complementarias del carisma y en eso reside la fuerza de la expresión: ¨fidelidad creativa¨. Por lo tanto, es necesario nutrirse de la fuente y de la raíz, no para cristalizar el tiempo y la historia, sino para denunciar las desigualdades que llevan a un desplazamiento constante, anunciar la urgencia de cambios profundos en las relaciones entre personas y países, testimoniar la paz y la justicia en las fronteras de tantas diversidades, ser artífices de una cultura de la acogida y de la solidaridad, de la convivencia en las diferencias, donde ningún inmigrante se sienta extranjero y sin patria.


Si supiésemos acoger las migraciones como uno de las “señales de los tiempos”, un verdadero cairós y una ocasión providencial para el rejuvenecimiento y enriquecimiento de la Congregación, nuestra presencia en el mundo de la movilidad humana se tornaría siempre más profética. Eso exige discernimiento y compromiso renovado con el Señor de la historia, conversión de nuestros corazones, en un continuo colocarse en juego en esas diferencias, en una responsabilidad respetuosa y colaboradora. Nuestras estructuras también necesitan ser siempre más flexibles, con confines y horizontes más abiertos, los cuales permitan mayor prontitud y rapidez ante las nuevas necesidades misionarias de la Congregación. Y, para ello, nuestra mentalidad y nuestro comportamiento necesitan recuperar la original simplicidad y libertad de movimiento, sintiendo lo cuánto es necesaria la virtud del conocimiento del camino a recorrer, con la cual se penetra particularmente en los puntos neurálgicos de la realidad migratoria y es un impulso que incita a los cambios.


Y en ese sentido, encontramos la figura de S. Carlos, cuya fiesta celebramos el 04 de noviembre, un ejemplo de alguien que hizo la síntesis entre una radical dedicación a Dios y las exigencias del hombre y consiguió significativos cambios en la Iglesia y en la sociedad de la época. La fuerza en las pruebas, la perseverancia en los proyectos, la sensibilidad para con los otros, también con el sacrifico de sí, afloró porque él estaba enraizado en Dios. En su acción pastoral le tocó de cerca los problemas de su pueblo y llevó a los sacerdotes en medio de él. Y Scalabrini quiso que nos llamáramos misioneras de S. Carlos, porque había descubierto en este gran santo era la expresión de sí mismo y de sus aspiraciones. Fueron dos hombres con los pies bien plantados en el suelo, pero con visión clara del futuro. Tenerlos como ejemplos de vida, suscite en nosotros motivos de acción de gracias en las próximas conmemoraciones de la congregación, nos dé coraje en los momentos de dificultades en nuestra misión junto a los inmigrantes y nos dé la osadía de quien camina en la esperanza.
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[1] El presente artículo fue elaborado por Hna. Analita Candaten, mscs, atendiendo a una solicitud del CSEM que busca la colaboración de las hermanas de la Congregación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
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